Cuando me siento a recordar todo lo que hemos vivido con mi padre, se me eriza la piel. Se me encoge el alma. Pero al mismo tiempo me siento tremendamente orgullosa del camino recorrido.

La historia de Jabato es una de esas historias de superación, de esas que te cuentan y no terminas de creerte. Mi padre, tan vital, tan activo, tan trabajador… Es de esas personas que, a priori, no puedes imaginar en una situación dramática. Ya te conté el primer episodio de su historia, cuyo desenlace fue el asumir una nueva y desconocida (para nosotros) enfermedad pulmonar.

Estábamos absolutamente felices con las noticias. Pasar de morirte en tres meses a tener un tiempo de tratamiento y poder curarte es una auténtica inyección de alegría. Los siguientes meses pasaron con altibajos, pruebas, médicos, revisiones, incluso alguna recaída, algún ingreso… Algo no iba como se esperaba.

Yo esperaba el mes de mayo con ansia. ¡Terminaba la quimio! Para mí era llegar a mi meta, cruzarla por fin. Y llegó. El día 15 terminé y lo celebré. Pero, lamentablemente, la celebración no pudo extenderse en el tiempo, pues días después mi padre volvía a ingresar. Esta vez más grave. Surgieron complicaciones paralelas a su enfermedad que le hicieron empeorar, aunque nadie entendía muy bien el porqué de un cambio tan drástico.

Tal fue la complicación, que decidieron ingresarle en la UVI. Era sábado, el domingo no estaría su médico y parecía la mejor opción, en teoría solo hasta el lunes, que volverían a subirle a planta. Tardó 38 días en volver. 38 interminables días. Pero volvió, claro que volvió. Jabato tenía que volver.

Sus primeras horas en la UVI fueron un infierno, una absoluta angustia. Es otra de las escenas que jamás olvidaré. Y él mucho menos. Ya sabes que allí sólo te dejan entrar dos veces al día, a las 13:00 y a las 20:00. El lunes cuando fuimos por la mañana, ya le habían dormido. Un día tras otro íbamos a verle, esperando novedades, esperando verle despierto. Pero nada cambiaba. Cada día, a las 13:00 y a las 20:00, era la misma frase: “No hay novedades”.

Mientras tanto, yo continuaba mi batalla. Me iba recuperando poco a poco de los efectos de la quimio, pero tenía que empezar la radioterapia y seguía yendo al hospital de día cada tres semanas para que me pusieran más tratamientos. Y, además, me puse a dieta. Se lo había prometido a mi padre y quería cumplirlo. Nuevos objetivos por alcanzar, nuevas metas por cruzar. Las situaciones límite no pueden hundirte, tienes que sacar la cabeza como sea. Tienes que buscar la motivación para salir a flote y nadar hasta la orilla. Aquello no pintaba bien, pero yo sabía que no podía tirar la toalla, no podía dejar de luchar. Se lo debía a él. Se lo debía a todos los demás. Me lo debía a mí misma.

Al cabo de 30 días comenzaron a despertarle poco a poco, cada día un poco más. Verle abrir los ojos e intentar mover la mano para mí fue un milagro. Estuvimos una semana más en la UVI y después le bajaron a la planta de nuevo. Durante esa semana apenas podíamos comunicarnos, pues le hicieron una traqueotomía y además, no podía moverse. Los fármacos que le ponían y más de un mes inmovilizado le habían destrozado todos los músculos del cuerpo. ¡No podía ni siquiera con el peso de un teléfono! Pero él intentaba continuamente moverse y coger cosas para rehabilitarse cuanto antes.

No te cuento la historia de Jabato para que te compadezcas, ni mucho menos. Lo que quiero es contagiarte su energía, sus ganas de luchar, su cabezonería para enfrentarse a esta situación. Vuelvo al principio: mi padre, tan vital, tan activo, tan trabajador… de repente se vio en una situación muy difícil para él. Pero lejos de venirse abajo, desplegó todas sus armas para seguir luchando. Para recuperar la musculatura tenía que alimentarse bien, así que comía todo lo que le ponían en el hospital, daba igual si le gustaba o no, si tenía apetito o no. ¡Incluso nos pedía que le llevásemos alguna cosa! “Proteína sobre todo, que es bueno para los músculos”, decía 😉  !Se pasaba el 80 o 90 por ciento de su tiempo despierto haciendo ejercicios de rehabilitación! Date cuenta de lo que es no poder mover ni un solo músculo del cuerpo, había mucho trabajo por hacer y cuanto más empeño pusiese, antes lo conseguiría.

Jabato aún no ha ganado la batalla, pero él sigue ahí. Ha asumido su enfermedad de manera heroica. Una enfermedad que, además de las limitaciones respiratorias, le ha cambiado el aspecto por completo, le obliga a llevar una mochila de oxígeno 24 horas y le provoca problemas en los huesos. Pero nada puede con él y verle disfrutar de la vida es la mejor de las recompensas.

Hay apenas cuatro años de diferencia entre una foto y otra. Mucho hemos cambiado los dos, pero nuestras sonrisas siguen siendo las mismas.

Hay apenas cuatro años de diferencia entre una foto y otra. Mucho hemos cambiado los dos, pero nuestras sonrisas siguen siendo las mismas. Seguimos igual de felices.

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“Al final siempre sale el sol… Y si no, lo pintamos juntos”

Te quiero papá. Gracias por enseñarme tanto estos años. Somos gigantes luchadores.

#NiUnDíaSinMúsica

ana


Comentarios recientes

4 comentarios


by Aurelia

Hola Ana! Sin ningun tipo de duda. Tu padre es un ejemplo de fuerza y de VIDA.
Un autentico héroe!

Ya me sabia la historia y aun asi me gusta y me emociona, pero a la vez me da vitalidad. De nuevo MUCHAS GRACIAS

febrero 20, 2015 @ 12:28 Responder

    by Ana

    ¡Sí que lo es! Es todo un ejemplo para mí y para todos los que le conocemos.
    Gracias por leerme Aurelia y por tus mensajes. :-)
    Un abrazo fuerte.

    febrero 20, 2015 @ 13:10 Responder

by Belen

Emocionante tu relato una vez más… Y eso que ya me lo sė de primerísima mano, pero sobre todo ¡que razón tienes! Veros disfrutar de la vida A LOS DOS es la mejor recompensa! Y la prueba evidente de que “al final siempre sale el sol”. Y tu, y él, siempre con una sonrisa, es la mejor lección para disfrutar de la vida pase lo que pase y es lo que hace las cosas más fáciles a los de alrededor.

febrero 20, 2015 @ 20:37 Responder

 

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Publicado por

Ana

20 feb 2015

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